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Ender está encerrado en una capsula de por vida. Su familia a tenido que desarrollar un protocolo para hacerle creer que tiene una vida digna, que algún día podrá ser un super niño que luchara contra enemigos de otros planetas. Es el protocolo  “The END”. Este busca saciar la fluidez de la mente fragmentada del menor de los Wigging. Con una serie de aparatos mecánicos, la cápsula, y una pantalla de video que reproduce de principio a fin toda la saga de películas de Star Wars.

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Valentine

Nunca pude sentirme más agobiada. Ver que mi hermano perdía la mirada entre la ventana empañada de nuestra casa. Ver que no podía articular alguna palabra. Notar su cuerpo escurridizo a través del cristal que nos separaba de él. Mamá me prometió que algún día podríamos acercarnos a tocarlo. Siempre traté de entender su situación, platicaba con mis profesores de la escuela pero no sabía cómo regular mis sentimientos ante el pedazo de carne atrofiado que era mi hermano.

     ¿Qué es peor que venir al mundo para morir entre el delirio y la incompetencia? Ser la hermana de ese ser incompetente. Una relación de amor odio. Ender parecía un bebé normal, adorable e ingenuo. Es muy triste que esa ingenuidad le tenga que durar toda la vida. Estoy segura que ni siquiera me reconoce. Ni a mí, ni a papá, ni a mamá, ni a Peter. Por lo menos yo no lo golpeo, ¿eso me hace buena persona?

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Qué bueno que Ender dejó de ver cómo el granizo golpeaba nuestra maldita ventana. Cristal tras cristal. Sí, porque mi hermano tuvo que ser confinado a un cubo transparente que no permite  que su enfermedad mental se nos contagie. En ese cubo seguro se respira muerte, o por lo menos eso dice mamá. Por eso cada que alguien quiere entrar a alimentarlo o a bañarlo o por lo menos a palparlo para ver que sí es de carne y hueso, tiene que vestirse con una especie de traje de astronauta. Mis papás utilizan esta táctica para hacerle creer que es una especie de guardián galáctico del planeta tierra. No sé quién es más iluso, si mi hermano o ellos. O yo.

 

John Paul

Déjame en paz, carajo. Ya es suficiente con que me hayas dado un hijo estúpido. Eres una basura, no sé ni por qué seguimos juntos. Quisiera decirte que seguramente Ender es un bastardo, es imposible que mis genes de alto talante intelectual pudieran terminar en eso. Tristemente el único lugar en el que puedo hablar de estos temas es aquí en mi mente.

    Ya sé que nunca fui el mejor del ejercito estadounidense, pero siempre traté de poner todo mi empeño para alcanzar por lo menos a mis compañeros. Seguro fue la mala suerte que mi padre me sentenció de pequeño: “maldito estúpido, si no hubiera sido por tu nacimiento, hubiera llegado a ser el mejor comandante en todo el continente, pero no me preocupo, el karma hará tu vida miserable”. A mis escasos siete años no comprendía el sentido de la palabra “miserable”. Quizá esa miseria se refería a tener un hijo que lo único que puede mover son los ojos.

     Quizá también la miseria sea tener que visitar a un pseudo psicólogo que lo único que hace es tratarnos como bazofia, con condescendencia. Nada peor para un militar como yo que un imberbe holgazán falto de amor a la patria venga a tenerme lástima. Y sí, todo para que mi pobre, estúpido e inservible hijo tenga una vida digna. Una puta vida digna a costa de la de todos los que tenemos que soportarlo.

 

Theresa

¿John, sí me escuchaste? Tenemos que avanzar, ya se quitó el alto. No podemos dejar a Valentine más tiempo a solas con Ender.

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Peter

Hoy en clase de biología disecamos una rana. Estuve esperando este momento todo el ciclo escolar. No es que yo sea muy fan de las ranas, pero por fin podré tener un bisturí en mis manos. Lo ocuparé para cercenarle el estómago, no importa que me infecte de algo por hacerlo. Así acabaré con la vida de mi estúpido hermano. Después lo pisaré, como la hormiga insignificante que es. Así como cuando el juega a matar las hormigas de su pequeña granja que tiene como mascotas. ¿Y la clase? La verdad es que la clase no me importa.

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The End(er) of the Wigging’s   por  Iván Cruz

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Yacía en las regaderas de la Escuela de Batalla. La sangre escurría de su nuca y se colaba por los azulejos blanquecinos; Ender trató de reanimarlo. No lo logró. Llegaron encargados de la Escuela de Batalla y levantaron el cuerpo. Inmediatamente lo llevaron en un viaje a la tierra para poder tratar de salvar al joven español.

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    La mañana de ese 24 de abril apenas comenzaba a clarear. La Mayo Clinic en Minessota recibió a las 6 am a Bonzo Madrid en compañía de Andrew Wigging y de Hyrum Graff. Andrew estaba ahí más por culpa que por lástima. Hyrum no podía dejar que se llevaran a Bonzo sin su supervisión. Andrew se cansó de esperar, se resignó al asesinato de su compañero y volvió al espacio exterior salvar el planeta tierra.

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    Llegó la madre de Tomas Benedito Bonito (Bonzo) de Madrid y Valencia, Fedora Arce, ex esposa de Amaro de Madrid. Fedora estaba sola, solo cargaba consigo un pequeño bolso en el que guardaba su celular y dinero por si era necesario para el tratamiento de su hijo. Al entrar al hospital y hallar a su hijo inconsciente en la camilla 704-H se tiró de rodillas al suelo y comenzó a gimotear.

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    Rezaba algo entre lágrimas. Intentaba no destruir todo lo que tenía a su alrededor, se llevaba las manos a la cabeza, intentaba arrancarse sus escuálidas canas platinadas. Sus ojos garzos estaban enrojecidos por el coraje; el garfio que llevaba por nariz parecía una llave de agua. Su boca era un abismo de ideas inconcretas. Entró el Dr Adalgerio y trató de tranquilizar a Fedora. Le contó el motivo por el cual su hijo se encontraba ahí y le recalcó que aún no moría. Que se encontraba en coma.

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    Fedora detuvo sus emociones por un instante y empezó a preguntarse si realmente había sido cuestión de un accidente en las instalaciones de la Escuela de Batalla, o si el estado de su hijo podía ser resultado de situaciones más profundas y temporalmente lejanas. Se perdió entre el recuerdo de haber sido engañada por Amaro, motivo que dio pauta a Bonzo de no querer ser como su padre y huir en un escape emocional a la Escuela de Batalla.

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    ¿En realidad el culpable era Amaro? Según ella, sí, porque la dejó, porque la engañó, porque le rompió el corazón a ella y a Bonito, porque destruyó a su familia, y porque ahora estaba a punto de perder a su única esperanza de mínima felicidad de la manera más infame e insignificante.

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    Fedora decidió sentarse a un lado de la camilla y empezar una huelga de hambre hasta que el padre de Bonito se presentara para verlo en coma. Los ejecutivos del hospital buscaron la manera de contactar a Amaro. Consiguieron hallarlo, pues estaba viviendo con su segunda familia en La Crosse, ciudad del estado de Wisconsin.

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    Amaro se enteró de la poca esperanza de vida para su hijo y tomó un automóvil hasta la Mayo Clinic. Ni siquiera recordaba a su ex esposa Fedora. Al llegar al hospital preguntó por la camilla de su hijo, una enfermera lo acompañó hasta el séptimo piso, donde se encontraba Bonito.

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    Vio a su hijo y solo se le desencajó el semblante. Los ojos bien abiertos y las pupilas negras dilatadas cual botón. Sintió un poco de mareo y se acercó a la ventana panorámica que estaba a un lado de la camilla de Bonzo. Respiro profundo. Pasaron 10 minutos para que Amaro se diera cuenta que el electrocardiógrafo conectado a su primogénito emitía un sonido entre cortado y constante; aún estaba vivo.

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    Empezó a pensar qué haría si ese sonido de  repente se prolongara. Si su hijo muriera. Dejó de escuchar por unos segundos. La mirada quería saltar de sus globos oculares, se centró en la puesta de sol. Vio al sol morir. Sintió un breve impulso y después solo una brisa. El cuerpo de Amaro cortó el viento hasta tocar el concreto.

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   Al día siguiente llegó el momento en que el sonido del electrocardiógrafo se prolongó. Bonzo murió a solas. Su madre recibió la noticia una semana después en una celda de máxima seguridad; la misma noche en que se enteró, fue encontrada muerta por asfixia. Su padre se reunió una vez más con su hijo en el St Marys Cemetery.

Adiós Madrid

por Insector121334

Valentine Wiggin se sentó al frente de su clase. Ella tenía que mantenerse en un colegio común, fuera de cualquier posibilidad de formar parte de la Escuela de Batalla. No porque fuera una mala jugadora, ni siquiera porque su nivel intelectual no le permitiera idear estrategias capaces de cambiar la perspectiva del mundo. El problema que tenía era su manera de hablar, el dominio que poseía del discurso y su corazón aparentemente misericorde.

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    De todos lados la corrían por querer tener la razón. Se creía la mujer con el sentido común más desarrollado. Sin embargo, al ser rechazada por la mayoría empezó a ser silenciada por los integrantes de su escuela y familiares. Decidió empezar a escribir en su diario un apartado con todas sus nociones  teóricas y del comportamiento de la sociedad. Lo tituló “Balas de sangre”. Su dominio del discurso era tal que podía equipararse al de un periodista veterano o un columnista de política.

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    Valentine sentía seguridad al saber que podía defenderse de la depresión social por medio de sus balas de sangre. Pero quería lograr un desarrollo más trascendental que le permitiera influenciar cambios en el mundo entero. Era una manera de sacarse la espina que le había enterrado el desprecio por su falta de aptitudes para entrar a la Escuela de Batalla.

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    Pronto las balas de sangre empezaron a desbordar el diario de Valentine, no aguantaban estar encerradas. Las páginas del diario se aparecían por los sueños de la joven. Para ese entonces, Ender aún no era reclutado, y él sabía de la existencia de las balas de sangre. La niña Wiggin le platicó de los sueños a Ender, y Ender le dijo que seguramente era un llamado del destino para empezar a transmitir sus pensamientos por la web.

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    Valentine inmediatamente pensó que no podían descubrirla, así que releyó a uno de sus oradores favoritos: Demóstenes. Las cualidades de esta pequeña mujer lograban mimetizarse con lo simbólico del nombre con el que firmaría las columnas que en unos años darían vuelta al pensamiento mundial. Nació Demóstenes..

Demóstenes

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por Iván Cruz

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